David Esquivel

El hacinamiento que se vive en las grandes ciudades es el detonante perfecto para soñar con la huida al campo. Luego que los roces y empujones en el transporte público nos lleven a confirmar con Jean Paul Sartre que “el infierno son los otros”, resulta sencillo imaginarnos una vida alejada del mundanal ruido, entre vacas que rumian y mugen con sus apacibles ojazos abiertos, pasto verde, aire fresco y el rumor de algún río cristalino que a lo lejos canta.

Ya los antiguos griegos tenían distintas palabras para referirse al campo. ‘Agros era para ellos el espacio que comienza fuera de las murallas que circundan la ciudad, ese más allá divino en el que, de pronto, uno podía toparse con dioses dedicados a cazar, a beber vino abrazados a criaturas medio humanas y medio animales y, sobre todo, a disfrutar de las delicias de un amor que no discrimina entre las variadas formas de lo viviente; piedras, plantas, animales y lo que surja. Bucólico, por otro lado, es una palabra inventada para describir al agros divinizado, ese campo al que cantó el poeta Hesíodo y en el que la vida se rige por las estrellas, el paso de las estaciones y el ciclo sin fin que nos mueve a todos. 

Pero los griegos no eran ingenuos, sabían que en el agros habitaban fuerzas que rebasaban la limitada comprensión de los humanos. Era también un espacio en el que la vida humana corría el peligro de ser engullida y reincorporada al caos de donde todo había surgido. De ahí que Aristóteles pensara que solo las bestias y los seres divinos podían vivir fuera del amparo que brindan las murallas y la vida en sociedad. 

Los grandes señores romanos huían al campo cuando la política les era adversa, varios de ellos creían firmemente que detrás de cada romano, por más poderoso que fuera, había siempre un humilde agricultor dispuesto a pasar el resto de su vida cuidando cabras, abejas, trigo y vides mientras componía poemas didácticos al respecto, a la manera del inmortal Virgilio. Antes de su conocida aventura, Jesús de Nazaret vivió cuarenta días en el desierto y también lo hicieron muchos de sus seguidores durante siglos, quizás motivados por el silencio y las pocas ocasiones de pecar. Huyendo de la peste, los jóvenes de Bocaccio encuentran toda clase de gozos en el campo mientras que Alonso Quijano e Isaac Newton fueron a buscar allí los frutos de la locura y de la razón. 

En México la idea del campo es sin duda bucólica. En la escuela nos enseñaron que las culturas mesoamericanas estuvieron siempre en una especie de armonía cósmica con la naturaleza  aunque también hay teorías que atribuyen el declive de los mayas a un desastre ecológico causado por la sobre explotación desmedida de la selva, vaya usted a saber. El mestizaje que vivimos luego implicó algunas variantes curiosas y ya en la era de los medios masivos se fue construyendo la idea de un país eminentemente ranchero, a caballo, muy folklórico, regado con aguas frescas de horchata, limón con chía, flor de jamaica y mucho nacionalismo. El campo, en pleno auge de la urbanización y la industria, se volvió el hábitat de un Pedro Infante exotizado y una María Félix que flotaba, en plan diosa, a cinco centímetros de la fertilísima chinampa. La vida del campo idealizada se convirtió, gracias a la magia del cine, en el escenario de la fiesta eterna y el enredo romántico aderezado con gritos charros y serenatas a la luz de la luna. Ahí también, la naturaleza inagotable se brindaba a sus hijos sin pausa, sin que ellos tuvieran que hacer esfuerzo alguno y sin ensuciar el sombrerote, el traje de charro y los botones de plata. 

Pero en México también existe la visión condescendiente del campo como un espacio habitado por seres eternizados y a la vez ‘dignificados’ por la pobreza y el atraso, seres que deben ser cuidados, preservados como piezas de museo colocadas en la vitrina del Pueblo Mágico, y ay de ellos que se atrevan a cambiar sus “atuendos tradicionales” por las mercancías que circulan sin cortapisas en los contextos urbanos, como si la condición de indígena o campesino dependiera de un sombrero o unos tenis, un listón rojo, un bordado o accesorios plásticos. 

Mientras muchos urbanitas siguen pensando en la idílica reconfiguración de sus vidas en los espacios abiertos, sembrando verduras y subiendo fotos a Instagram, si hay wifi que lo permita, el campo sufre sus propios procesos migratorios. Los que desde hace años empujaron a millones de personas a buscar mejores condiciones de vida en las ciudades, los de jóvenes que acceden a más altos niveles de educación pero que no se arraigan o ya no desean hacer las labores de sus padres y sus abuelos. Como sucede en otras partes del mundo, el campo se vacía, su población envejece, sus saberes se olvidan quizás para siempre.

Es probable que en un no tan distópico futuro, el campo se convierta en una serie de planicies extensas y perfectamente ordenadas, cultivadas por tractores robóticos, fertilizadas por drones y ya no por pájaros o abejas. Mientras tanto, apelotonados en cada vez más pequeños cubículos de concreto, metros cúbicos a precios inverosímiles, los seres humanos seguirán soñando con el verdor de un espacio misterioso por desconocido, en el que la comida no se envuelve en plástico y sabe a cosas pasadas y no vividas, bajo un cielo perpetuamente gris en el que apenas se ven estrellas y casi nunca el horizonte. 

SOBRE EL AUTOR

David Esquivel Estudió Filosofía en la Universidad de Guanajuato y en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, actualmente es profesor en la Facultad de Ciencias del Mar de la Universidad Autónoma de Sinaloa, ha trabajado como periodista y actualmente realiza distintos proyectos editoriales y de divulgación científica enfocados principalmente a la astronomía y la conservación de los cielos oscuros.