Al momento en el que escribo estas líneas, van veintitrés muertos y sesenta y tres hospitalizados por el accidente en la Línea Dorada del metro de la Ciudad de México. Las imágenes arrugan el corazón y tuercen el alma. Parece que un orangután de enormes proporciones pisó los rieles por los que corren los vagones y que lo carros anaranjados son una oruga que se desplomó y quedó seccionada, vencida. En la panza de la oruga iban personas que regresaban del trabajo a sus casas. Veintitrés perdieron la vida. No volverán.

No se trata de hacer leña del árbol caído, pero alguien tiene que hacerse responsable por las veintitrés vidas que se perdieron en un abrir y cerrar de ojos. Me parece terrible que, antes que nada, llegaron los espaldarazos desde el púlpito presidencial para la Jefa de Gobierno y de Claudia Scheinbaum a la directora del Sistema Colectivo Metro. A los miembros de la 4T que tanto les gustaba andar en manifestaciones, no les debe causar ningún regocijo leer las pancartas que elevan la conseja: ¡No fue un accidente, fue el Estado!

Ahora sí, el presidente López Obrador no tiene muchos lugares a dónde voltear. La Línea Dorada se construyó durante la gestión de Marcelo Ebrard, flamante canciller en funciones, quien durante la administración de Miguel Ángel Mancera fue cuestionado por la urgencia por inaugurar ese tramo. Se sabía que la línea no estaba lista, nos enteramos de la pifia de los carros que se compraron —que no correspondían a los rieles que se habían montado— y ni modo de echarle la bolita a alguien más, cuando los responsables están en funciones en estos momentos. ¿A quién van a aventarle la papa caliente del mantenimiento?

¡El pueblo se cansa de tanta tranza!, dice alguno de los carteles. El pueblo bueno al que AMLO se ha referido en tantas ocasiones, ese mismo al que le ha conferido sabiduría profunda, al que quiere tanto y con el que se identifica, ese pueblo bueno acaba de ver como se desplomó una de las obras magnas de uno de sus colaboradores estrella. Mientras veintitrés familias lloran en su asa por la muerte de su ser querido, Claudia Scheinbaum y Florencia Serranía pueden dormir tranquilas: nadie será llamada a cuentas ni mucho menos tendrán que temer ante la posibilidad de ser separadas del cargo. ¿Cuál miedo, si la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, antes que nada descartó que Florencia Serranía vaya a pagar los platos rotos?  Podrá quedarse en la comodidad de su despacho mientras duran las investigaciones y además agregó que “todos los funcionarios públicos están sujetos a un constante escrutinio ciudadano”. Con toda calma declaró que primero se realizarán los peritajes correspondientes y en caso de existir responsabilidades se actuará en consecuencia. Dijo: “Aquí el tema es quién es responsable, no sé si ustedes están de acuerdo, yo creo que así debe ser. Entonces, tenemos que saber quién es responsable, cómo está la responsabilidad de sus deslindes y tomar decisiones con base en ello”. Ni habla pero, ¿ya de le olvidó quién ocupaba su puesto al momento de construir la tan malograda Línea Dorada de la CDMX?

Claro que después del niño ahogado, no estaría mal tapar el pozo. Basta darse una vueltecita por las estaciones de cualquier línea del metro de la CDMX para darse cuenta del nivel de deterioro y falta de mantenimiento que padece este sistema de trasporte colectivo. ¿Cuánto más habrá que esperar para que quienes están royendo el hueso se pongan a hacer lo que les toca?

Al escribir estas líneas, van veintitrés muertos.