Parentalidad

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¿Enseñar a obedecer?

Dejen de prohibir tanto porque ya no alcanzo a desobedecer todo

Grafiti

“¿Cómo le hago para que me obedezca?” “No me hace caso”. “Sólo hace lo que le da su gana”, expresiones cortas, con expectativas cortas, de corto alcance en términos educativos, pero muy recurrentes.

Si lo que se desea es obtener obediencia, los recursos son claros, fáciles y no requieren romperse la cabeza, basta con asustar, amedrentar, humillar o someter al niño. O, bien, sobornar, seducir o chantajear a través de los premios o beneficios que podemos otorgar con nuestro poder.

¿Cuáles son los instrumentos para tal fin? Castigos, gritos, golpes, regaños, juicios, amagues, retirar la atención o el cariño (o simplemente amenazar con dicha retirada), encerrarlo, aislarlo, medicarlo. O bien: amenazas, sobornos…

Los anteriores recursos son efectivos para garantizar la obediencia, para lograr que los niños hagan caso, para que hagan lo que los adultos desean. Pero ¿son válidos? ¡No lo son! Si atentan contra la dignidad del niño, si son violatorios de sus derechos no son válidos.

Si sólo modifican comportamiento por un momento sin generar aprendizaje alguno, sin promover habilidades para la vida, entonces no sólo son inválidos sino inútiles como medida educativa.

Si a largo plazo traen perjuicio para la salud física o mental del individuo, entonces no sólo son inválidos e inútiles, también son peligrosos.

Si lo que provocan son sentimientos desagradables hacia quien implementa tales medidas: coraje, resentimiento, humillación, frustración, miedo, desolación, entonces no sólo son inválidos, inútiles y peligrosos sino también fuente de ruptura del lazo paterno/materno-filial.

El papel educativo de padres, tutores, maestro y todo adulto a cargo de la formación de los y las menores de edad no debe reducirse a la obediencia. Tal cosa es peligrosa, lo reitero. Podemos enseñar a los hijos a obedecer y estaremos entregando a la sociedad y al sistema un individuo dócil, servil, carne de cañón.

Niñas y niños obedientes sólo son útiles a los pederastas, a los dictadores, a los abusadores, a los explotadores. En realidad, aquéllos deben aprender a desobedecer cualquier orden de inhumanidad, cualquier ley injusta, parafraseando a Gandhi.

De acuerdo al artículo 29 de la Convención sobre los Derechos del Niño, la educación del niño deberá estar encaminada, entre otras cosas, a preparar al niño para asumir una vida responsable en una sociedad libre, con espíritu de comprensión, paz, tolerancia, igualdad de los sexos y amistad entre todos los pueblos, grupos étnicos, nacionales y religiosos y personas de origen indígena.

Educar implica estimular la conciencia crítica y dotar al niño de las habilidades necesarias para la adecuada toma de decisiones, es decir, aquéllas en beneficio propio y de los demás, donde, ¿me conviene?, ¿le conviene a los demás?, ¿me perjudica?, ¿perjudica a los demás?, son el tipo de preguntas clave.

Vale decir que los métodos de corto plazo, los que modifican conductas con rapidez no ayudan a la adquisición de una conciencia crítica y moral sino que ante situaciones dilemáticas el individuo termina reaccionando con base a las preguntas: ¿Me castigarán? ¿Me premiarán?

Quien aprendió a obedecer estará destinado a andar buscando eternamente la aprobación, la aceptación y las directrices de los otros. Por lo tanto, no podrá ser una persona libre.

Quien adquirió, a través de un proceso realmente educativo, las habilidades suficientes para la toma de decisiones, la reflexión, el análisis, la resolución de dilemas éticos, no requiere a los otros como referentes para la acción. Es él mismo quien al poseer una conciencia moral plena, se convierte en su propio referente para determinar su proceder. Un proceder consciente de sí mismo y de los demás, un proceder con base a valores universales que lo posicionan como una persona responsable, o sea, capaz de hacerse cargo de las consecuencias de sus decisiones y actos.

Como educadores cambiemos las expresiones del inicio de este artículo por unas del tipo: ¿Qué habilidades necesita mi hijo para decidir adecuadamente? ¿Qué necesidades emocionales o formativas aguardan detrás de su comportamiento inadecuado? ¿Cómo estimular su colaboración? ¿De qué tipo son sus modelos de comportamiento con los que cuenta? ¿Qué requiere de mí como educador para acceder a una vida responsable?