Parentalidad

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El placer de esperar

Estamos perdiendo el hábito de esperar, ¿por qué? ¿Cuáles son sus consecuencias? ¿Para qué recuperar esta capacidad? ¿Cuáles son sus beneficios?

Hacer tiempo; esperar sentado; dar tiempo al tiempo; hacer antesala; tomarse tiempo; perseverar; hacer silencio, observar, reflexionar; optar por lo lento, por la calma y expresiones por el estilo a las nuevas generaciones les suenan rancias, aburridas, pasadas de moda, fuera de tiempo.

Hoy el que espera desespera: “Mi computadora es muy lenta, mejor compraré una nueva”, “Lo quiero para ayer”, “Estoy cansado de esperar”, “En tal lugar te atienden en un dos por tres”, “Vas a ganar en un tris”, “Dime sí o no, ¡pero ya!”

Vivimos con prisa, sin tiempo para preguntarnos por qué y para qué corremos.

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Queremos todo rápido, y si se puede fácil mejor: respuestas, servicios, imágenes, resultados, obediencia, figura corporal… y si no lo conseguimos nos irritamos, exigimos, gritamos, reclamamos; pataleamos como algunos niños (con la salvedad de que éstos tienen algo de lo que carecemos los adultos: estilo).

Hemos construido un mundo a la medida de nuestra impaciencia, con mecanismos ‘ahorradores’ de tiempo: fotos instantáneas superadas por las digitales que con el clic nos dan la imagen del momento, comida servida en pocos minutos, sexo con abrir una ventana de la computadora o con una llamada telefónica, posgrados académicos en unos cuantos meses, novelas de la literatura clásica en versiones resumidas, belleza física con una sola operación (sin necesidad de ejercicio ni de la creación de hábitos alimenticios sanos)…

“¿Para qué cultivarnos, para qué sembrar si todo se encuentra en el mercado?”, parece ser la mentalidad contemporánea, perdiendo de vista que lo que ahí podemos encontrar sólo son consumibles perecederos.

Porque lo imperecedero, lo trascendente, lo humano se produce, pero no se compra en un supermercado; tampoco es un producto para llevar, ni acepta reventa, sino que es una producción in situ; se siembra y se cuida con paciencia para que florezca. Es de calado lento: la generación de un hábito, el nacimiento de un hijo, la creación de un vínculo humano, la escritura de un libro, la construcción de una amistad, la generación de una idea o un proyecto, el florecimiento de un amor, el tejido de una charla, la adquisición de un nuevo aprendizaje, el disfrute del silencio, el cruce de miradas, la construcción de la esperanza, y de la democracia…

Cierto hombre tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella y no lo halló. Entonces le dijo al viñador:

“He aquí que ya son tres años que vengo buscando fruto en esta higuera y no lo hallo. Por lo tanto, córtala, ¿por qué ha de inutilizar también la tierra?”

Entonces el viñador le respondió y le dijo:

“Señor, déjala aún este año, hasta que yo cave alrededor de ella y la abone. Si da fruto en el futuro, bien; y si no, la cortarás”.

“Para vivir y crecer hay que esperar. Hay que devenir. Eso que hoy te parece imposible, quizá mañana se dé”, dice el filósofo Jaime Barylko.

Porque esperar significa tener esperanza. Y lo que sucede entre el deseo y su consecución muchas veces deleita más que el resultado mismo.

El desesperado no tiene esperanza, no tiene espera, por eso pierde la satisfacción que brinda ésta, lo mismo que la adquisición de habilidades y actitudes que en ella se cuecen: paciencia, serenidad, paz, tolerancia a la frustración, postergación de deseos, imaginación, creatividad, madurez, fe, ilusión, anhelo…

Esperar significa creer, confiar, permanecer.

Esperanza significa hacer lo que esté en nuestras manos para que aquello que espero ocurra, implica preparar la tierra y cuidar la planta para que dé fruto.

Espero poder encontrarnos en este espacio la próxima semana.