Parentalidad

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Naranjas completas

“Las mujeres de hoy pretenden hacer lo que ellas quieren”, le he escuchado decir con cierto resentimiento a más de un hombre refiriéndose a su respectiva pareja. Entonces me pregunto, ¿por qué no deberían hacer lo que les dé su gana? ¿Por qué deberían pedir permiso a su pareja para realizar cuestiones de interés propio? ¿Por qué deberían, todo el tiempo, ver primero por el otro y hasta después por sí mismas? ¿No se supone que hombres y mujeres somos libres?

¿Acaso los hombres no hacemos lo que queremos? ¿Acaso pedimos permiso a nuestras respectivas compañeras para llevar a cabo nuestras actividades?

Lo que tiene de fondo la frase inicial es el aún vigente deseo de posesión. En la subjetividad masculina aún existe la expectativa de que con la firma del acta de matrimonio, la mujer pase a ser objeto de propiedad.

Más de alguno(a) me dirá que las cosas ya han cambiado, que no todos los hombres son así, que ya hay algunos nuevos. En efecto, las cosas han cambiado, pero más en el discurso que en las conductas concretas.

En el día a día, la liberación que algunas mujeres de ciertos sectores de la población han adquirido, sigue topándose con compañeros que no consiguen manejar el hecho de que ella tenga poder, dinero, trabajo, patrimonio.

Entonces para muchos el único recurso posible para “reacomodar la relación” es volver a los referentes del pasado donde al hombre le correspondía el patrimonio y a la mujer administrar el matrimonio: “Deja el trabajo porque a los niños les falta más atención”, “Yo me hago cargo de traer lo necesario a casa, pero confórmate con lo que me alcance”…

Si la compañera no acepta entonces los móviles de control que aún ronronean en la cabeza hacen su aparición, tornándose en microviolencias, es decir, en palabras, actitudes y comportamientos sutiles que buscan imponer su voluntad, anulando la de la compañera, lo mismo que sus deseos, sueños y expectativas de vida.

Y si las microviolencias no son eficientes, entonces vuelven las violencias descaradas: manipulación económica, utilización de los hijos, amagues, maltrato psicológico, físico…

Para que una relación funcione de manera constructiva, se requiere de dos personas suficientemente maduras, completas, independientes y autónomas, personas sin enormes agujeros y grietas que requieran ser llenados o resanadas por el otro (a).

Para que una pareja sea constructiva sus miembros deben, entre muchas otras cosas, compartir el poder, las decisiones, las responsabilidades de crianza, domésticas y económicas, negociar los puntos de vista, ejercer los mismos derechos, cumplir los acuerdos, procurar tener buena comunicación…

También es necesario no sentirse amenazados ni impedir la superación económica, intelectual, física y emocional de la compañera.

La actualidad sugiere tareas diferentes para mujeres y hombres: para nosotros, cuestionar y repensar el modo de ser hombre, así como redefinir y posibilitar la redistribución del poder de un modo que nos permita sentirnos poderosos sin ser sexistas.

Ellas, por su parte, tienen el reto de avanzar en la constitución de su autonomía y de su empoderamiento, asumiendo su responsabilidad, y las consecuencias de tal cosa.

Hombres y mujeres somos diferentes. Somos agua y aceite en el mismo recipiente. Nunca podremos ser iguales ni ocupar el mismo espacio, porque somos individuos. Indivisibles. Independientes. Libres.

No somos medias naranjas sino naranjas completas. Tal vez un poco magulladas, con más o menos gajos, más grandes o más pequeñas, maduras o en proceso de serlo, pero al fin naranjas enteras, capaces de hacer un buen (o un mal) jugo.