Luce bazar un viaje a través de la historia

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En aquel local denominado Bazar Irish, Francisco Díaz se ha establecido desde hace más de ocho años, aunque ya cumplió 19 de dedicación a los baluartes

Óscar Jiménez

LEÓN, Gto.- Por fuera, un niño que toma a su madre de la mano logra alcanzar una de las tantas cosas curiosas que cuelgan del techo de un pequeño local, como si aquel objeto le llamara; es un espiral de colores que desemboca en una flor y en un letrero del Duende de San Patricio, cuyo croma verdoso asemeja vida.

Es el bazar de Francisco Díaz Gutiérrez, quien ha aprendido a rodearse de las cosas antiguas, y aunque no ha vendido nada en casi un mes, asegura que hasta no estar en la tumba seguirá levantando la cortina.

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Hace un calor tremebundo por fuera. La temperatura últimamente ha tratado mal hasta al más devoto de las ondas similares al fogón. Pero dentro se aprecia una calidez diferente, no bochornosa ni intranquila. Más bien, como si de frente se tuviera un mapamundi y mil historias por contar.

En aquel local denominado Bazar Irish, Francisco Díaz se ha establecido desde hace más de ocho años, aunque ya cumplió 19 de dedicación a los baluartes. Porque eso son, no son puertas ni zapatos, ni camas, ni peluches o posters que simulan pinturas; “Es el buen gusto, para poderle ofrecer al cliente algo de calidad”, refiere Díaz, cuya calva prominente y bigote abundante (vaya contradicción de la vida) mantienen el mismo aseo y extenuación por los detalles como su lugar, donde por supuesto, le apuesta a los objetos únicos.

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El comienzo

La tarea data de tiempos remotos. Hace años, en Torreón, su abuelo –que fuera de entrevista comenta era mexicano, alto y moreno y su abuela “francesa y muy blanca y de ojos azules”- abrió un bazar que atendió hasta el día de su muerte. Ahí, Francisco Díaz tuvo quizás el llamado a las cosas de culto, esas que se distinguen del resto. Y la ‘espinita’ se clavó pronto: cuando era pequeño le pidió a su madre objetos que ya le aborrecían y en la calle encontró una nueva manera de negociar. Hoy en día, el Bazar Irish no es precisamente el método más efectivo de negocios pero sí el más efectivo para contar historias, para emplear de mano en mano la multiculturalidad que lleva implícita.

“Ahorita no. Primero sí se vende, pero ya después ya no, y hay que pagar los gastos”, comenta sobre la actividad anual, con un énfasis marcado en los regalos decembrinos y uno que otro de los festejos de enero. Y aunque pareciera que cada que se va algo deja un hueco profundo en el rubro nostálgico-sentimental, para Francisco el concepto no está presente, pues sabe que si están a la venta, los objetos tarde o temprano se tendrán que marchar con otras manos; “Nostalgia no siento por ninguno porque están a la venta todos. Es efímero eso”, refiere.

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Con el mismo tono formal y un acento extraño, que distingo entre el francés y el árabe (cosa curiosa), Francisco Díaz explica, corto y conciso, que lo más vendido son bronces, alabastros y relojes. Incluso ahora, tiene entre sus pertenencias más valiosas un cucú que recién encontró en Los Ángeles. El objeto le llamó y no dudo en adquirirlo para revenderlo; obviamente la mudanza lleva implícito todo un proceso… analizar, comprar, traer, limpiar, reforzar e intentar vender; “Les digo: ‘señora, vivir bien cuesta’”, responde el comerciante cuando los transeúntes le dicen que su local es excelso, pero que no compran por los altos costos de los objetos.

Viaje al pasado

Así seguirá Francisco: ‘viajando’ mediante los objetos, o ‘viajando para los objetos’. Finalmente coincidimos en que el legado cultural de un objeto se compara con el viajar, el conocer o el degustar culturas. Y el secreto es sencillo: “Querer el artículo para que lo cuides”, y así, los objetos perduren.

Y siempre, siempre, existirán tipos como él: ‘todólogos’ con ‘postgrado’ en objetos antiguos y valiosos, que guardarán cosas plagadas de historias detrás de una cortina que lleve la leyenda de “Bazar”. Finalmente, la puerta de aquel local que ostenta receloso todas aquellas leyendas, será levantada por Francisco Díaz a diario, como una forma de recordarle al mundo sus memorias; “Mientras que Dios me dé vida, voy a abrir yo”.