Las Ventanas

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La propuesta de Julian Assange

Cecilia Durán Mena

Cada vez que la bruja le pide a Hansel que meta el dedo entre los barrotes para comprobar si ya se lo puede comer, él saca un huesecillo de pollo que le vieja le dio para alimentarlo. Así como los hermanos Grimm tuvieron una forma tan siniestra de contarnos cuentos, así me imagino a Julian Assange en la comparecencia que tuvo, desde la Embajada de Ecuador en Londres. Los veo haciendo exactamente lo mismo que Hansel, mostrándonos huesos pelados, desde su jaula protectora haciendo cara de inocente, con manos temblorosas para causar empatía, cuando en estamos frente a uno de los seres más temidos por las agencias de inteligencia del mundo. Detrás de una imagen austera, se esconde un lobo con piel de cordero.

Así, con esa figura casi menuda, casi tan débil que nos recuerda un cuadro infantil el hombre se ofrece a las grandes corporaciones como un asesor de seguridad de datos. Sin duda, muchos se sentirán seducidos por esta especie de canto de sirena. Pero, habría que tomar ejemplo de Ulises frente a Circe y antes de dejarse endulzar por tan tentadora propuesta, más les valdría amarrar sus cuerpos a los mástiles de sus embarcaciones para no quedar enredados con alguien tan confiable como Julian Assange. Al menos, no a primera vista.

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Julian Assange es un hombre de esos que primero filtra y después golpea. El fundador de Wikileaks aprovecha los grandes porrazos que le ha asestado a la CIA para burlarse de lo que ha denominado como una “devastadora incompetencia histórica”. Sin duda, la propuesta puede seducir a tantas compañías internacionales cuyas operaciones corren sobre los rieles cibernéticos. El hombre ha dado muestras claras de entender cuáles son las debilidades de aparatos que conforman nuestra vida diaria y que son usados por gente poderosa para transmitir información confidencial y de mucho valor.

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Es claro que Julian Assange entiende en dónde se encuentra el talón de Aquiles de los iPhone y de los Android; sabe de qué pie cojea Google, Microsoft y entiende los huecos que dejaron compañías como Samsung, por lo tanto, podemos inferir que el señor sabe hacer el trabajo para el cual se está recomendando. Si no, verifiquen las consecuencias que dejaron los 8,761 archivos liberados por Wikileaks que han vapuleado sin misericordia a quienes dicen ocupar la inteligencia para fines tan altos como la seguridad mundial.

Así que la última ocurrencia del hacker más emblemático que se ha producido en nuestros días resulta curiosa. Dice que está dispuesto a ayudar a las empresas afectadas por espionaje del estado y protegerlas de las ciberarmas más peligrosas que se encuentran en este mundo virtual que tiene consecuencias muy concretas. Explica que los virus troyanos constituyen un arma peligrosa que no fue protegida, se perdió y ahora tratan de ocultar su incompetencia. Por supuesto, el eleva la mano en forma generosa y se candidatea para salvar al mundo cibernético de esos terribles peligros.

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Algunos ven la grandilocuencia de Wikileaks como una amenaza de segundo orden y que las advertencias de Assange se refieren a asuntos viejos, procedimientos que ya obsolecieron y por lo mismo, carentes de relevancia. Incluso, hay académicos que alzan la voz para desestimar los dichos de Assange, acreditan que de lo que el hacker habla ya es de todos conocido y está muy controlado.

A mí, ambas posturas me llevan a sospechar. No les creo ni a Tirios ni a Troyanos. No le doy crédito a los académicos porque Assange ya ha probado que puede hacer daño, ya lo hizo. Pero, jamás tomaría en serio las palabras de una persona que hace de la atenebra y la intriga un modo de vida. Primero suelta el chisme y mientras todos están con la boca abierta gozando del escándalo, suelta el palo y rompe cabezas. Esos métodos no me parecen honestas, pero habrá que ver como el mundo ha depositado su confianza en personajes que, como Hanzel, enseñan el hueso para esconder los brazos adiposos.