De Paso

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La pesadilla del sueño americano

 

 “No podrán bajar la cabeza ante esta afrenta;

los periódicos, las radios, las televisiones, cuando den la noticia,

despertarán la conciencia dormida de los cristianos;

aun los que se dicen laicos, agnósticos o ateos,

no podrán ignorar la afrenta.

Su tragedia es que no sabrán qué hacer, y no harán nada.

Enseguida se alzarán voces llamando a la calma,

al entendimiento entre musulmanes y cristianos,

dirán que es obra de locos y de fanáticos,

pero lo importante es que bajarán la cabeza y no se enfrentarán

a nosotros porque nos tienen miedo, mucho miedo”.

“La sangre de los inocentes”. Julia Navarro

José Argueta Acevedo

Quién le iba a decir a Estados Unidos que el mayor peligro para el “mundo libre”, del cual era su campeón y por el que incluso ha hecho sangrientas guerras, iba a surgir de su propia entraña.

Que de dentro le iba a venir el principal atentado contra la versión oficial de sí mismo.

Que el desnudamiento de su ser, el cual no han podido hacer alguno de sus enemigos prototípicos, como la Unión Soviética, de la “Guerra fría”, o los musulmanes, de la guerra “antiterrorista”, lo haría uno de los suyos.

Que el monstruoso enemigo de los ideales del “American dream”, la libertad, la igualdad, la democracia, los derechos civiles, la prosperidad, las oportunidades, la paz… no le vendría de fuera.

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Que, además, como si vivieran dentro de la maldición de un cuento, serían condenados a no darse cuenta de que están secuestrados.

En el mayor retroceso de toda su historia, de varios peldaños, Donald Trump ha puesto a su país a la altura de los que considera sus enemigos más preclaros: los fanáticos antinorteamericanos, aquellos que favorecen una confrontación de culturas hasta el exterminio de las demás.

Porque con su fanatismo, nacionalista y populista, promueve un mundo cerrado, excluyente. En sentido contrario a la nación que siempre se vendió como paladín de la libertad y de la sociedad abierta. E incluso como un modelo inteligente y ético de sociedad.

En las pocas semanas que lleva en la Casa Blanca, Trump ha adelantado los desafíos con los que buscará reafirmarse: a la libertad, la democracia, la diversidad, la integración, la armonía… incluso a la razón.

Y a la propia realidad, con su ideología de los “hechos alternativos” para imponer su “verdad” por la fuerza cuando sea contrariada.

De esta suerte, mantendrá una guerra permanente con otros fanatismos, promoverá el surgimiento de algunos más y mantendrá un ataque contra aquellos que no tomen partido por él o se le sometan.

Pretende un retroceso similar al que intentó Adolfo Hitler para imperar sobre el mundo. Con su peculiar ser supremacista. Falta por ver cuánto daño podrá infringir antes de que se le detenga.

Se puede llevar al extremo la paradoja de que la democracia crea sus propios monstruos, luego de ser espectadores del fácil y súbito ascenso de Trump. Esto aceptaría el automático complemento de que, entonces, la democracia lo merece.

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Pero ante ello, habría que precisar si solo se habla del tipo de democracia norteamericano. Porque la ironía no podría ser más atroz. La victoria final de Estados Unidos en la “Guerra fría”, con su visión del mundo, acabó siendo su derrota.

Para el caso, la imposición de la democracia como ideología, pensando en sí mismo. Llevó al extremo la reduccionista noción de que la democracia consiste en lo electoral, desentendiéndose de sus demás valores.

Así, ha podido hacer coexistir, esquizofrénicamente, la ideología democrática con su ser imperialista y totalitario. E invadir otros países con esa coartada, y colonizarlos también culturalmente. Impedir la libre autodeterminación de muchos pueblos. Hacer guerras por sus intereses económicos o militares…

Frente a esto, Trump parece más un fenómeno natural de la auténtica tradición norteamericana que un accidente. Irónicamente, es imperialista y a la vez aldeano. Representa lo nuevo de lo viejo de sí mismo que Estados Unidos no ha podido superar.

A los que estamos siendo atacados fuera del reino, y a los que sufren los agravios dentro de él, no nos queda sino resistir. Pero, también, oponernos de manera participativa. La globalización, y no es ironía, puede ser favorable.