Crónica andante

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Historias de Victoria (4)

Don Julio Galván, el violinista

Quienes atraviesan en su vehículo Cañada de Moreno y miran ese caserío rodeado de cerros con abundante verdor, donde al lado de la carretera seguido hay personas esperando el autobús o arreando algún caballo, posiblemente no imaginan que en una de esas viviendas hay un huapanguero que restaura violines, elabora arcos, y además, representa la continuación de una dinastía de músicos que han ido compartiéndose el saber musical desde principios del siglo pasado.

 Aunque en lo civil su nombre es Rufino, todos lo conocen como Julio (así lo bautizaron). Por el lado materno es nieto de don Gregorio Velázquez, un talentoso músico de la generación que en los años treintas edificó en este municipio los cimientos de lo que ahora es una  tradición, sólo que dejó el oficio  al convertirse en jefe de armas cuando los ‘Cuerpos de Defensa Rural’ creados durante el agrarismo. Pero también es hijo de músico, su papá don Cutberto Galván, más conocido como ‘Cruz’, fue un violinista que en toda esta comarca de Victoria estuvo en muchos festejos y acompañó  a muchos poetas.

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Una mañana que platicamos, rodeado de sus instrumentos y herramientas, mientras afuera se escucha el ruido incesante de autos rumbo a destinos sierra adentro, nos trasladamos a recuerdos lejanos. Nació en 1948, y aunque su abuelo ya no era músico en activo, todavía lo escuchó tocar algunas piezas, también siendo niño lo ponía a ejercitarse en el deporte de la esgrima con vara.

Como por entonces escaseaba el alimento, una noche oyó a su papá, decir:

-Mujer, mañana temprano me voy en el burro pa’ charcas con mi compadre Espirio, ya hay poco maíz y mis peloncitos qué comen.

 De madrugada agarró la travesía que pasa por El Carmen, Capilla Blanca, Loma de Buenavista, Puerto de la Troja. Al ver que atardecía, su mamá, doña Máxima, pidió a los niños se asomaran arriba de la cerca, pero no se vislumbraba, aunque como sabían que el animal pasando la puerta rebuznaba estuvieron atentos y al poco rato se escuchó. El burro venía bien sudado por el peso de tres costales de puras mazorcas:

“Dijó mi papá: ¡anden hijos!, ¡vénganse!, ¡’traite’ tú esto, tú lo otro para desgranar el nixtamal porque yo ya hasta traigo hambre. Mi mamá prendiendo la lumbre. Apenas oscureciendo y ya estábamos comiendo” .

Todavía era joven cuando empezó a tocar en las velaciones, y entonces no eran sólo de pocas horas, sino toda la noche, se amanecían en unos cuartitos de penca o de teja junto a la imagen, rodeados por decenas de veladoras, su nariz amanecía tapada de tanto humo.

Pero estos y otros recuerdos, aunque dan cuenta de la dureza de la vida, don Julio los cuenta como momentos  de gran felicidad.

(P.D. En la columna del lunes 3 de julio,  por error escribí Trinidad Hernández, cuando el apellido correcto es Ramírez. Gracias a don ‘Trini’ por su comprensión).