Con TONYSON

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Nostalgias de ciudad

Las pisadas son firmes ante las cuarteaduras de la acera, que en algunos casos se han visto destazadas desde sus entrañas por las raíces de los árboles, cuya evolución sigue exigiéndoles un crecimiento desmesurado. Nuestras zancadas van con un ‘sabor’ dulce que se puede percibir al paso, ese que incluso nos permite acelerar los latidos del corazón casi al mismo ritmo de los pasos… a sabiendas de que estamos recorriendo nostálgicamente un lugar cuyo significante es nostalgia pura para nuestro registro histórico.

Me ha pasado en distintos rincones de México: la Arena México, el Palacio de Bellas Artes, la Casa de los Azulejos, la calle México, Coyoacán, la UNAM, la Plazuela Miguel Auza de Zacatecas o su Acrópolis, el Estadio Jalisco en Guadalajara, la playa Miramar de Manzanillo, o recientemente en el Malecón de Puerto Vallarta. En Guanajuato no es la excepción: los ‘laberintos’ artísticos y culturales de San Miguel de Allende, los callejones de la capital, el Miguel Alemán Valdés de Celaya, las colonias Andrade, León Moderno y centro de León, donde el tiempo parece detenerse por un rato. Ahí, enclavado a un costado del Malecón del Río, sentí en un su momento la misma delicadeza de los pasos en la acera de La Martinica, hoy, de un adiós tan repentino como necesario.

Bastará afirmar que los necios como yo, no somos más que meros contempladores del camino y sus ‘esculturas’, más la razón tendrá siempre una vocación científica que nos fulminará: La Martinica ya no está para más trotes. Es momento de despedirle. Eso nos dijeron hace un par de años y hasta no ‘ver no creer’, y creímos cuando fue colocado un letrero que flechaba por la espalda: ‘En venta’, decía, añadiendo un teléfono particular, con el que nunca tuve éxito en el afán de un contacto periodístico. Recientemente se confirmó su interés por derribarse y apenas el miércoles pasado lo más trágico sucedió; las pertenencias fueron puestas a la intemperie en plena calle San Sebastián, algunas conociendo el cielo por primera vez, y con ello, el obligado adiós. Aunque Protección Civil quiso darnos una esperanza a aquellos que degustamos de los emblemáticos edificios, no habrá éxito alguno, pues la propiedad cuya vida dedicó al futbol cerrará pronto los ‘ojos’, para no despertar.

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Es un caso necesario. Nosotros los más jóvenes apenas conocimos el inmueble ya en un periodo de larga agonía, donde era casual ver a familias enteras conviviendo y conbebiendo dentro, en la grada sur (única que se podía seguir ocupando debido al malestar de la finca) y siguiendo duelos en yerba crecida de equipos de divisiones inferiores, como una de las franquicias del Unión de Curtidores, el Atlético Ecca, entre otros. Ya nada similar al profesionalismo del San Sebastián, el Unión de Curtidores o el Club León, de los románticos de la época como don Antonio Carbajal o don Antonio Galindo.

Entrar siempre significó un latido con fuerte descarga enérgica al corazón. Ahora, lo que me preocupa es esa ansiada renovación, y más con el litigio vigente por el Estadio León, donde en una de sus probabilidades, la localidad pudiera quedar desamparada sin infraestructura pambolera y en el limbo, sin ver para cuándo los nuevos monstruos arquitectónicos se plantarán sobre aquellas cuarteaduras de la acera para conllevar un significante de historia renovada para las nuevas generaciones… que buscan sus propias ‘nostalgias de ciudad’.